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Frankfort afirma que la idea de Maat, ajena a nuestro pensamiento contemporáneo, debe ser traducida simultáneamente como una idea cosmológica, ética y social (1).

De esta forma, entre los diversos significados que puede adoptar el concepto Maat, me centraré en exponer estas tres aproximaciones al concepto, las más apropiadas para más adelante enlazar con la visión egipcia de la permanencia y su relación con la ideología y legitimidad de la monarquía faraónica.

En primer lugar investigaré a Maat desde su aspecto cósmico como parte integral del universo, a partir del mito heliopolitano de la creación. En segundo lugar incidiré en el aspecto individual de la divinidad, la Regla de Maat o regla de conducta moral que orienta la vida de una persona por el camino de la rectitud.

Por último, en su aspecto ético-normativo para el conjunto de la sociedad, expondré el concepto de justicia social en el antiguo Egipto y su relación con la figura del faraón.

Maat cósmica

Tefenet is my living daughter, And she shall be with her brother Shu; ‘Living One’ is his name,`Righteousness’ is her name.”(2)

Este fragmento, extraído de los Textos de los Sarcófagos del Reino Medio, identifica a Maat(3) con Tefnut(4) y la presenta como hija del dios creador Atum, además de resultar también hermana de Shu, divinidad tradicionalmente relacionada con el principio aéreo, pero también con la vida, como pone de manifiesto el texto.

MaatDe esta forma Shu y Maat, aliento vital y orden, constituyen los dos primeros hijos de Atum, los dos principios primordiales sobre los que se formó el universo. El mito heliopolitano de la creación explica cómo del Nun, el océano primordial o caos primigenio, surgió la colina primordial o primera manifestación del cosmos.

Sobre la colina, Atum cobró conciencia de su propia existencia y se creó a sí mismo, desdoblándose y originando a Re. Atum, espíritu del mundo y Re, su conciencia, son dos aspectos complementarios de la misma entidad. Como primera manifestación de la existencia, la colina primordial representa también la primera forma de orden en el cosmos y, por tanto, también la primera forma de Maat(5).

Kiss your daughter Maat, put her at your nose, that your heart may live, for she will not be far from you; Maat is your daughter and your son is Shu whose name lives.”(6)

En ambos fragmentos se observa una advertencia, que Shu y Maat deben residir unidos y jamás alejarse del dios creador. Explicado de forma paralela, el mito heliopolitano narra cómo al iniciar la creación, el demiurgo solar insufló en ella su propio aliento vital, personificado en el dios Shu, estableciendo los principios del orden cósmico para evitar que el universo formado retornase al Nun, al caos del que había surgido(7).

En este sentido debe comprenderse la advertencia. De esta forma Maat, en su aspecto cósmico, es la energía básica de la creación, una parte integral del universo, un aspecto inseparable e imprescindible del mismo, aquel que hacía posible la constante renovación de la vida.

La ontología egipcia considera que el no-ser, el océano primordial antes de la creación, el caos, no queda eliminado con el advenimiento del universo y el establecimiento del orden. Más allá de la órbita solar existe un abismo acuoso y oscuro que amenaza constantemente al mundo creado.

El caos acecha y es tarea de los dioses y, como veremos, del faraón, mantenerlo alejado y expulsarlo cuando logra irrumpir(8). Por este motivo, durante su recorrido nocturno Re debe enfrentarse a las fuerzas oscuras que amenazan su obra(9) y regenerarse antes de renacer a un nuevo día. Y como esencia de su poder, el dios solar se hace acompañar de su hija Maat. La iconografía egipcia representa en numerosas ocasiones a Maat ocupando la proa o ayudando en la conducción de la Barca Solar durante su recorrido nocturno. Como indica S. Alegre, “la diosa Maat era capaz de imponerse sobre los tenebrosos enemigos de su padre y abrir el complejo camino que conduce desde las tinieblas hasta la luz”(10), resultando una especie de emblema del equilibrio del cosmos.

En un universo tan frágil, siempre amenazado por las fuerzas disolventes, los mismos dioses están en peligro, pues también ellos, como emanaciones o aspectos diversos del creador, se encuentran dentro de los límites del ser, del cosmos ordenado(11).

Ellos deben ocuparse, junto con los humanos, de que el caos no se apodere del mundo, comprometiéndose con la justicia y el orden representados por Maat. En algunos textos se dice que “los dioses viven de Maat”(12), que Maat es su alimento. S. Alegre opina que Maat formaba y conformaba a las mismas divinidades, en cuanto que la afirmación egipcia de Maat como alimento divino indica que la verdad, la justicia, el orden, la solidaridad o la luz eran partes integrantes de cualquier divinidad(13).

Por ello, en el Antiguo Egipto a diversos dioses en sus templos se les ofrecía una figurilla con la imagen de la diosa Maat, alimento predilecto de los dioses. A cambio, éstos salvaguardaban el equilibrio y mantenían alejado el caos.

Maat en el individuo. Regla de Maat

Como hemos visto, en el pensamiento de los antiguos egipcios el universo tiende hacia el caos y sólo el orden cósmico que proporciona Maat es capaz de mantenerlo unido y en equilibrio. Para ellos, las fuerzas cósmicas también operan en la tierra y en el ser humano y por eso, en este sentido la diosa debe ser concebida como la regla de conducta moral que orienta la vida de una persona por el camino de la rectitud, aportándole un sentido de unidad, integración y solidaridad con el cosmos, permitiéndole así trascender su condición mortal para transformarse en colaborador de una armonía social comprendida en términos divinos.

Señalaba en el anterior apartado que, de igual forma que los dioses se erigen en defensores de Maat, los seres humanos también adquieren una gran responsabilidad en el mantenimiento del orden y la defensa contra el caos ya que, como afirma E. Hornung, “cualquiera que viola los límites establecidos del orden se aleja del ser y cae, si persiste en esta violación, al abismo del no-ser”(14). Las concepciones sobre un orden cósmico encarnado en la diosa Maat se tradujeron en el Antiguo Egipto en una serie de normas de conducta con carácter pragmático que, pese a no hallarse explícitamente reglamentadas mediante códigos legales escritos, se encuentran bien definidas por la literatura del Reino Medio, concretamente en las denominadas como Enseñanzas.

Las Enseñanzas o Textos Sapienciales son una colección de manuscritos filosófico-morales donde el autor intenta transmitir a un discípulo suyo, en ocasiones su propio hijo, una serie de preceptos y normas de conducta que le posibiliten lograr un alto cargo en el interior de la corte. Autores como H. Frankfort o J. Assmann los consideran auténticos tratados que ejemplifican las leyes o reglas de Maat. Ilustran el correcto modo de vida y los peligros que pueden hacer caer a mujeres y hombres en errores irreparables que les acarrearán toda una suerte de desgracias, al haber destruido su integración armónica con el orden natural: “La mentira, la falsedad, el desorden, lo opuesto a la Maat, es aquello de lo que uno muere. Hace que la vida sea imposible.”(15) En la concepción egipcia no existió la idea de pecado hasta la época ramésida, a finales del Reino Nuevo(17), más bien el carácter desordenado se relacionaba con la ignorancia, hecho que implicaba que la sabiduría y el buen hacer podían enseñarse. De ahí la creación de este tipo de literatura moralizante.

“El hombre respetuoso prospera y el modesto es alabado. La tienda se abre al silencioso y es amplio el lugar del tranquilo. No hables en demasía. Los cuchillos están afilados contra el imprudente y nadie avanza rápidamente si no es a su tiempo.”(17)

Las Enseñanzas distinguen dos tipologías de personas, el hombre apasionado y el hombre silencioso o autodisciplinado. El primero se relaciona con las características que conducen a la desgracia(18), mientras que el segundo, cuyas particularidades se dirigen a la contención de las pasiones y la tendencia a evitar los extremos, es observado como un hombre exitoso. El éxito de una persona nace de su integración en el orden representado por Maat, ya que sintonizar con la naturaleza y la sociedad equivale a adquirir una cualidad o fuerza impersonal que le convierten en un hombre o una mujer superior.

Para la moral egipcia, la identificación con el ideal que implica Maat era algo más que una mera consideración ética, ya que afectaba a su propia existencia y a la de la naturaleza. De igual modo que los dioses se alimentaban de Maat, los seres humanos también debían nutrirse de ella, aunque no directamente, sino que “su forma de aproximación consistía en actuar sobre la tierra de forma acorde con la norma establecida.”(19) El obrar de acuerdo a la Regla de Maat constituía una preocupación religiosa de tal magnitud, que incluso se aconsejaba rechazar a los propios hijos, si éstos se corrompían más allá de toda esperanza:

“si yerra, desobedece tus consejos, no aplica tus enseñanzas, su conducta es vil dentro de tu casa, después de desobedecer todo lo que se le dice, balbucea un lenguaje de palabras viles, no rinde cuentas y no hay nada en su mano, entonces tú lo rechazarás, que no es, ciertamente, hijo tuyo, que no ha sido, ciertamente, engendrado de ti;”(20)

En la dimensión del obrar de acuerdo a la regla de Maat, J. Assmann introduce la idea de un altruismo activo en el interior de la sociedad egipcia(21). Este especialista comprende a Maat como justicia conectiva. Para él, “Ma’at es el principio que conecta a los hombres en una comunidad y da a sus acciones sentido y dirección al hacer que el bien sea premiado y el mal castigado.”(22) Pese a que la dimensión social que implica Maat será mostrada en el próximo sub-apartado, cabe apuntarla en este momento debido a la particularidad en el entorno de la ética individual que implica este principio de reciprocidad, ese pensar en el otro. La convivencia armónica y la justicia dependen de la solidaridad de cada individuo, ya que todos están referidos unos a otros, entre sí y con la naturaleza y los dioses. De ahí que el negligente, aquel que no hace nada por los demás, el vanidoso y el mentiroso, sean tachados de locos en los textos, ya que ponen en peligro toda una estructura social que se comprende como imagen del orden que existe en el cosmos.

Un último aspecto de la Maat individual se relaciona con el conocido como juicio de los muertos. La esperanza egipcia en el más allá también se relaciona con la diosa Maat, sobre todo con la propagación popular de la religión de Osiris a partir de la caída del Reino Antiguo. En opinión de J. Assmann, la idea de una vida tras la muerte y la existencia de una instancia que premia o castiga las acciones en vida del individuo, “educa al egipcio como ser social, como hombre que respeta a su prójimo.”(23)

En la iconografía Maat, uno de cuyos títulos es el de Señora de Occidente, suele representarse en la escena de la psicostasia o pesaje del corazón en la forma de su emblema más característico, la pluma de avestruz. Durante la psicostasia, el ib ó corazón del difunto es pesado en la balanza de la justicia. En uno de los platillos se sitúa el ib, mientras que en el otro aparece el emblema de la diosa. Mientras se realiza el pesaje, el difunto recita las ochenta prohibiciones de la confesión negativa(24), declarando haber sido una persona justa en vida y no haber atentado contra las leyes de Maat. Si el corazón, que encarna la virtud y el carácter interior del ser humano, pesa más que la pluma, éste es devorado por Ammit, un temible monstruo, y el individuo se sumerge en el no-ser. Si, por el contrario, el juicio es favorable, el difunto se conserva como persona y pasa a llevar una vida feliz en el reino de Osiris.

“Soy un hombre noble al que Ma’at hace feliz, que siguió las leyes del ‘pabellón de las dos Ma’at’, pues planeé ir al juicio de los muertos sin que mi nombre estuviera ligado a ninguna vileza, sin haber hecho mal a ningún hombre, ni nada que sus dioses reprueban.”(25)

Maat social. El papel del rey como garante de la justicia

Para los antiguos egipcios existía un intermediario fundamental entre los dioses y los seres humanos, que permitía a la armonía universal encarnada por Maat manifestarse sobre la tierra. Me refiero al faraón. Era él quien manejaba las leyes del estado y las responsabilidades de sus ciudadanos y como gobernante-dios, de él dependía que la justicia permaneciera firmemente establecida en el mundo. El rey debía resultar un ejemplo para su pueblo aplicando la Regla de Maat y a los ciudadanos correspondía asumir su propia responsabilidad y colaborar con el faraón en el trabajo de mantener la concordia y armonía sociales.

“Uno vive cuando otro le dirige”(26), indica J. Assmann en referencia a la sociedad egipcia. El hecho que cada individuo asumiera sus funciones y su lugar establecido en el interior de un cosmos comprendido como un todo orgánico, es aquello que caracterizaba a la sociedad egipcia en su conjunto. La reciprocidad, el obrar unos para otros, constituía el fundamento de la justicia conectiva, elemento que cohesionaba la sociedad. Maat como justicia social significaba la conformidad de las personas con las estructuras conectivas que mantenían unida a la comunidad. La finalidad del individuo no se refería a la propia autonomía y autorrealización, sino a su inserción en las constelaciones sociales. Es decir, que cada individuo constituía un nodo definido en el interior de la red comunitaria, una red que mantenía unidas no sólo a las personas, sino también al resto de seres vivos, a las divinidades, a los difuntos y, en definitiva, al universo entero.

Pero recordemos que en la mentalidad egipcia antigua, el universo y la sociedad se encuentran permanentemente amenazados por el caos y la desintegración. Mantener establecida la justicia requiere el esfuerzo de todos. Y para el pensamiento egipcio, uno de los grandes males de la sociedad se refiere a la ambición y la codicia de aquellas personas y grupos no conectados a la estructura de la reciprocidad. La ambición por los propios intereses produce desigualdad, un fenómeno del desorden, mientras que Maat, la justicia, produce una forma de igualdad. La imparcialidad de las instituciones sociales como la administración de justicia, o la cualificación y el mérito a la hora de acceder a determinados cargos públicos deben garantizar esta pretendida igualdad entre las personas. “No hagas ninguna distinción entre el hijo de un hombre (distinguido) y un hombre corriente. Busca al hombre por su mérito, y así todas las artes resultarán beneficiadas”(27), se dice en las Instrucciones para Merikare. Y la implantación de un orden justo para los seres humanos que satisfaga a los dioses compete al faraón y su administración.

“Re ha puesto al rey en la tierra de los vivos por los siglos de los siglos para administrar justicia al hombre, para satisfacer a los dioses, para confirmar a Ma’at, para aniquilar a Isfet.”(28)

La autoridad del rey y de todo el sistema faraónico era legitimada en calidad de su estatus como monarca divino. El faraón era un rey-dios encarnado(29) y sus funciones no se limitaban a las estrictamente gubernamentales. Sus deberes eran múltiples, e incluían tareas tales como procurar la alimentación y bienestar de la población, ejecutar la justicia, defender las fronteras del país o realizar los ritos estipulados a las divinidades. Pero, ante todo, su función más importante, que contenía a todas las demás, era la de mantener la Maat(30) establecida en la tierra, además de intermediar entre el mundo de los dioses y el mundo humano. Como garante de Maat, todo su quehacer diario se encontraba totalmente regulado por las leyes que, como expresión del orden natural, ni él mismo estaba capacitado para transgredir. Esta es una característica de las realezas divinas africanas que ya incluso en la antigüedad sorprendió a algunos visitantes extranjeros. El historiador griego Diodoro Sículo afirma:

“En primer lugar, pues, la vida de los reyes de los egipcios no era como la de los otros hombres que ejercen un poder autocrático y actúan en cada caso exactamente según les place, sin tener que rendir cuentas, sino que todos sus actos estaban regulados por prescripciones fijadas en las leyes, no sólo sus actos de carácter administrativo, sino también aquéllos que tenían que ver con el modo que empleaban su tiempo día a día, y con los alimentos que comían. Y las horas tanto del día como de la noche las transcurrían de acuerdo con un plan; y a las horas prescritas era absolutamente requerido del rey que hiciera lo que las leyes estipulaban y no lo que él creyera mejor. Porque había un tiempo señalado no sólo para sus audiencias y juicios, sino también para sus paseos, baños y estancias con su esposa, y, en una palabra, para cada acto de su vida.”(31)

En Egipto, los dioses no intervenían directamente en los asuntos humanos, tan sólo eran percibidos como inmanentes a los fenómenos naturales(32). Así, su relación con el hombre era indirecta y por ello la función intermediaria del rey resultaba absolutamente imprescindible para la correcta guía de la comunidad. Sin el rey los seres humanos no podían comunicarse con los dioses. En paralelo con las realezas divinas africanas, al rey se le atribuían capacidades especiales tales como el dominio de los procesos naturales, ante todo sobre la inundación anual del Nilo, de la cual dependía la supervivencia de la población. Y tales capacidades se ponían en relación con Maat, en el sentido que de su eficacia como ordenador, de su capacidad para eliminar el caos y organizar el universo dependía la prosperidad de la sociedad egipcia. El faraón “era imprescindible para mantener la relación armónica y equilibrada entre el cosmos y la sociedad, y entre los individuos y los dioses”(33).

Maat estuvo muy ligada al faraón. Exceptuando el contexto de la psicostasia, resulta muy poco corriente encontrar imágenes donde otras personas se sitúen frente a frente con la diosa. De hecho, la teología especificaba que Maat sólo podía mantenerse establecida a través del rey y del culto. Como Señor del Ritual y Señor de Maat, dos títulos otorgados al rey, el mantenimiento del orden cósmico era el motivo de fondo de cualquier rito celebrado por el faraón o los sacerdotes delegados(34) en los distintos templos del país. Mediante el culto diario a las divinidades, las fuerzas caóticas se mantenían alejadas y el equilibrio era restablecido, haciendo posible la existencia y asegurando la prosperidad colectiva. La autoridad del soberano era legitimada mediante estas funciones, ya que sin faraón no era posible la realización del culto y sin culto no podía existir Maat.

Referencias bibliográficas

  • Alegre, Susana (2004). Iconografía de Maat. Tesis doctoral presentada en el Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona
  • Assmann, Jan (2005). Historia de un sentido. Madrid: Abada Editores
  • Assmann, Jan (2010). Egipto a la luz de una teoría pluralista de la cultura. Madrid: Ediciones Akal, S.A. (“Akal-Hipecu”, 5)
  • Cervelló Autuori, Josep (1996). Egipto y África. Origen de la civilización y la monarquía faraónicas en su contexto africano. Sabadell: Ausa (“Aula Orientalis-Supplementa”, 13)
  • Faulkner, Raymond Oliver (2004). The Ancient Egyptian Coffin Texts. Oxford: Aris & Phillips
  • Frankfort, Henri (1998). La religión del Antiguo Egipto. Barcelona: Laertes, S.A. de ediciones
  • Hornung, Erik (1999). El Uno y los Múltiples. Concepciones egipcias de la divinidad. Madrid: Trotta (“Biblioteca de Ciencias Bíblicas y Orientales”, 4)
  • Sánchez Rodríguez, Angel (2003). La literatura en el Egipto Antiguo (Breve antología) . Sevilla: Ediciones Egiptomanía S.L. .

< https://www.egiptomania.com/libros/literatura-egipto-antiguo.pdf>

Notas

1 En Frankfort, 1998, p. 141
2 CT I, 80; en Faulkner, 2004, p. 83
3 Si bien Faulkner traduce aquí el jeroglífico que se refiere a Maat como righteousness, justicia o virtud.
4 La diosa Tefnut, que suele hacer referencia a la humedad.
5 Párrafo adaptado de Alegre, 2004, p. 155
6 CT I, 80; en Faulkner, 2004, p. 84
7 En el capítulo 175 del Libro de los Muertos, se describe el final de los tiempos: “El mundo se convertirá en el océano primordial , en las aguas primordiales, como en su inicio.” (Hornung, 1999, p. 152)
8 Adaptado de Hornung, 1999, p. 164 y ss.
9 En la iconografía, estas fuerzas caóticas u oscuras suelen ser personificadas por la serpiente Apophis.
10 Alegre, 2004, p. 267
11 Como señala Hornung, en Egipto “incluso el más poderoso dios creador no posee ‘omnipotencia’ en sentido estricto.” (Hornung, 1999, p. 157)
12 Ibíd., p. 198
13 En Alegre, 2004, p. 400
14 Hornung, 1999, p. 168
15 Frankfort, 1998, p. 151
16 Como se expone en Assmann, 2010, p. 52 y ss.
17 Extracto de las Enseñanzas para Kagemni; en Sánchez, 2003, p. 65
18 Avaricia, arrogancia, arbitrariedad, etc.
19 Alegre, 2004, p. 400
20 Enseñanzas de Ptahhotep, 207-214; en Sánchez, 2003, p. 41
21 Assmann, 2005, p. 158 y ss.
22 Ibíd., p. 159
23 Assmann, 2005, p. 213
24 La confesión negativa resulta una representación más del código ético vigente en la sociedad egipcia. Se presenta en una formulación inversa, donde el difunto declara no haber cometido ninguna de las transgresiones morales que se detallan.
25 Fragmento de la Estela de Turín; en Assmann, 2005, p. 203
26 Assmann, 2005, p. 167
27 Extracto de las Instrucciones para Merikare; en Assmann, 2005, p. 193
28 Fragmento de un “tratado de teología del culto” del periodo de la reina Hatsepsut; en Assmann, 2005, p. 239
29 Algunos autores consideran que debe delimitarse correctamente este estatus divino de la realeza egipcia. Hornung, por ejemplo, indica que el faraón no es un dios en sí mismo, aunque sí “un testimonio del poder del dios creador que actúa en este mundo”. (Hornung, 1999, p. 131)
30 La Maat comprendida en toda su multiplicidad de aproximaciones: verdad, justicia, armonía universal, equilibrio, etc.
31 Diodoro Sículo, I, 70; en Cervelló, 1996, p. 196
32 Como se expone en Frankfort, 1998, p. 157 y ss.
33 Alegre, 2004, p. 490
34 En el Antiguo Egipto, la única persona con autoridad para oficiar ante las divinidades era el faraón. Ante la imposibilidad real de oficiar en todos los templos del país, el rey delegaba en el sumo sacerdote esta capacidad.

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Alex Loro
Alex Loro es Administrador de Sistemas Informáticos en Ajuntament de Badalona. Graduado en Humanidades por la UOC, su pasión por las artes en general le ha llevado a dedicar su tiempo libre a realizar investigaciones históricas, escribir y recitar poesía o colaborar en diferentes proyectos culturales.

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